Entre muchas otras muertes, hoy se destaca la de Juan Manuel Piñuel Villalón. Según ElPaís.com, el guardia civil asesinado por ETA la pasada madrugada en Legutiano (Álava), llevaba poco más de dos meses destinado en esta localidad y había pedido voluntariamente el traslado. Quería acumular el tiempo necesario, unos tres años, para poder ser trasladado con carácter preferente a la Comandancia de Málaga, donde viven su mujer y su hijo. Los medios ya se han encargado de recordarnos que este hombre tenía una vida, tenía ilusiones, planes para el futuro y gente a su alrededor. Como si hubiera que llorar más su muerte que la de un hombre solitario y cínico. 
Pero no quiero ponerme a despotricar. Sólo quiero resaltar el hecho de que, tras oír la noticia, sin inmutarme, me he hecho la comida, me he echado unas risas con mi compañero de piso, y no he pensado en nada ni un solo instante. Ni un solo segundo.
Propongo que, el minuto de silencio esta vez, sea por Juan Manuel Piñuel Villalón, por todas las demás víctimas de ETA, por todas las víctimas del terrorismo en el mundo, y por nuestra humanidad. Porque sé, pequeños cabrones, que habéis reaccionado con la misma indiferencia que yo.